La investigación sobre nuevas formas de prevención está modificando el horizonte de la respuesta al vih. Las estrategias de acción prolongada buscan reducir la frecuencia con la que las personas deben tomar o recibir una intervención preventiva y podrían facilitar la prevención para quienes encuentran dificultades con las opciones disponibles actualmente. Pero el avance científico abre también una pregunta decisiva para América Latina: ¿quiénes podrán acceder a estas innovaciones?
Durante años, hablar de prevención del vih significó
pensar principalmente en el preservativo, el testeo y, más recientemente, en la
PrEP oral. Hoy ese escenario está cambiando. La investigación científica está
avanzando hacia estrategias de acción prolongada que buscan hacer que la
prevención pueda integrarse de distintas maneras a la vida cotidiana.
El cambio no es solamente farmacológico. También
plantea una pregunta sobre cómo diseñar sistemas de salud capaces de ofrecer
más alternativas y permitir que cada persona encuentre la estrategia que mejor
se adapte a sus necesidades, sus vínculos y sus condiciones de vida.
La PrEP, o profilaxis preexposición, es una herramienta
destinada a personas que no tienen vih y buscan reducir su posibilidad de
adquirirlo. Forma parte de la prevención combinada, un enfoque que integra
herramientas biomédicas, conductuales y estructurales. En los talleres
territoriales realizados por Acción en VIH durante mayo, el acceso a la PrEP y
a la PEP apareció entre las prioridades compartidas por Jujuy, Salta y Tucumán.
La discusión sobre nuevas formulaciones llega, por lo
tanto, en un momento particularmente importante. En los territorios, las
comunidades ya están señalando que ampliar la prevención no significa solamente
incorporar medicamentos: también implica acercar los servicios, garantizar
información confiable, formar a los equipos y reducir las barreras que hacen
que una herramienta disponible en el sistema no necesariamente sea accesible
para todas las personas.
Entre las propuestas recogidas durante el recorrido por
el Norte Grande apareció, por ejemplo, la necesidad de desarrollar consultorios
de PrEP en barrios donde las organizaciones comunitarias ya tienen presencia.
También se planteó fortalecer la distribución de insumos preventivos y
consolidar equipos interdisciplinarios con presencia territorial.
Es una discusión especialmente relevante porque la
prevención no ocurre en abstracto. Una persona puede conocer la existencia de
la PrEP y, aun así, no utilizarla si el servicio queda lejos, si conseguir un
turno resulta complicado, si teme ser discriminada o si no encuentra un espacio
donde pueda realizar consultas sobre su sexualidad sin sentirse juzgada.
Por eso, las innovaciones de acción prolongada pueden
abrir oportunidades, pero no eliminan por sí mismas las desigualdades
existentes.
La ciencia puede desarrollar una herramienta que
reduzca la frecuencia de administración. El sistema de salud debe conseguir que
esa herramienta esté disponible. Y las políticas públicas deben garantizar que
la disponibilidad no dependa del lugar donde vive una persona, de su capacidad
económica o de su posibilidad de atravesar determinadas barreras
institucionales.
Ese vínculo entre innovación y acceso será uno de los
grandes desafíos de los próximos años.
La experiencia territorial de Acción en VIH muestra por
qué. En los talleres realizados en Jujuy, Salta y Tucumán, las comunidades y
los actores institucionales coincidieron en señalar que la prevención combinada
necesita fortalecer el testeo temprano, el acceso a PrEP y PEP, la información
y los insumos preventivos. Pero también reclamaron capacitación, articulación
institucional, salud mental y reducción del estigma.
Es decir: una herramienta preventiva funciona dentro de
una red.
Esa red incluye a los equipos de salud que deben
conocer las nuevas opciones; a las organizaciones comunitarias que pueden
acercarlas a los territorios; a los municipios y gobiernos provinciales que
pueden facilitar el acceso; y, fundamentalmente, a las personas que necesitan
poder elegir entre alternativas seguras, eficaces y adecuadas a sus propias
circunstancias.
También existe una dimensión vinculada con la
autonomía. La prevención combinada no debería construirse desde una única
recomendación válida para todas las personas. Las necesidades cambian según las
edades, los vínculos, las condiciones sociales, las experiencias de
discriminación y las posibilidades concretas de acceder al sistema sanitario.
Ofrecer alternativas significa también reconocer esa
diversidad.
En este punto, las organizaciones comunitarias tienen
un papel estratégico. Los talleres del Norte Grande mostraron que las
comunidades valoran especialmente los espacios donde pueden acceder a
información actualizada y basada en evidencia científica, plantear dudas y
recibir acompañamiento desde una perspectiva de derechos.
La incorporación de nuevas herramientas preventivas
debería partir de esa misma lógica: no presentar la innovación como una
solución mágica, sino como una posibilidad más dentro de una respuesta
integral.
También será necesario evitar que la innovación profundice
las desigualdades existentes. América Latina conoce demasiado bien la distancia
que puede existir entre el momento en que una tecnología demuestra su eficacia
y el momento en que llega efectivamente a los sistemas públicos de salud.
Por eso, mientras la investigación avanza, la discusión
sobre acceso debe avanzar al mismo tiempo.
La experiencia de Jujuy, Salta y Tucumán deja una señal
clara: las comunidades no están pidiendo solamente nuevas tecnologías. Están
pidiendo que las herramientas existentes y las que vendrán puedan ser
utilizadas realmente, sin discriminación, con información suficiente y cerca de
los territorios.
El futuro de la prevención del vih probablemente tendrá
más opciones de acción prolongada. Pero la verdadera innovación no estará
completa mientras esas opciones permanezcan disponibles solamente para una
parte de la población.
Porque prevenir también es garantizar capacidad de
elección. Y garantizar capacidad de elección significa que la innovación
científica llegue acompañada de políticas públicas, servicios accesibles,
participación comunitaria y derechos.
La pregunta ya no es solamente qué puede hacer la
ciencia para prevenir el vih. También es cómo conseguimos que esos avances
estén al alcance de todas las personas que podrían beneficiarse de ellos.
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