Los talleres presenciales realizados en el norte argentino reunieron a 446 personas y permitieron identificar problemas que atraviesan distintos territorios: estigma, dificultades de acceso, falta de información, necesidad de capacitación y debilidades en la articulación institucional. Pero también dejaron propuestas concretas para construir una respuesta más cercana, integral y participativa.
Hay preguntas que no pueden responderse solamente desde
un escritorio.
Para saber qué necesita una comunidad frente al vih hay
que escuchar a quienes viven con el diagnóstico, a quienes acompañan, a quienes
trabajan en los servicios de salud y a quienes sostienen las organizaciones en
los territorios.
Eso fue lo que permitió hacer la primera etapa
presencial de Acción en VIH en Jujuy, Salta y Tucumán.
Entre el 18 y el 23 de mayo, 446 personas participaron
de talleres y espacios de intercambio en las tres provincias. Tucumán reunió
289 participantes, Jujuy 103 y Salta 54. La propuesta convocó a personas que
viven con VIH, familiares y redes de apoyo, equipos de salud, organizaciones
sociales, municipios e instituciones.
Más que producir una fotografía de cada provincia, el
recorrido permitió encontrar algo que resulta especialmente valioso para una
política pública: problemas que se repiten, pero también soluciones que
nacen desde los propios territorios.
El primer aprendizaje es que el estigma continúa siendo
una de las principales barreras.
Apareció en los distintos espacios de trabajo, tanto en
relación con la sociedad como dentro de los propios servicios de salud. No se
trata solamente de una cuestión cultural. El estigma puede retrasar la búsqueda
de atención, afectar la adherencia al tratamiento, dificultar que una persona
pueda hablar sobre su diagnóstico y condicionar sus vínculos y proyectos de
vida.
Por eso, reducir el estigma no puede ser una campaña
aislada.
Necesita capacitación, comunicación, políticas
institucionales y espacios donde las personas puedan plantear situaciones de
discriminación y encontrar respuestas.
El segundo aprendizaje tiene que ver con el acceso.
Las dificultades mencionadas durante los talleres
fueron diversas: burocracia, turnos, acceso a controles y estudios,
dificultades para obtener información actualizada, distancias territoriales y
obstáculos para acceder a determinadas estrategias de prevención. En algunos
espacios también aparecieron preocupaciones vinculadas con la disponibilidad de
insumos y con el impacto de la situación económica sobre las acciones
territoriales.
Esto permite recordar algo fundamental: acceso a la
salud no significa solamente que exista un servicio.
También significa poder llegar a él, comprender cómo
funciona, recibir una atención respetuosa, preservar la confidencialidad y
encontrar respuestas en tiempos adecuados.
El tercer aprendizaje es que la prevención combinada
necesita territorio.
Durante los encuentros aparecieron como prioridades el
testeo, la información, la PrEP y la PEP, la educación sexual integral, la
prevención de infecciones de transmisión sexual y el trabajo con adolescentes.
Los equipos de salud propusieron, entre otras estrategias, fortalecer el testeo
rápido descentralizado y avanzar hacia consultorios de PrEP más cercanos a los
barrios.
La prevención, entonces, no puede quedar concentrada
exclusivamente en los hospitales de referencia.
Llevar herramientas preventivas a los territorios puede
significar reducir distancias, facilitar el acceso y generar espacios donde las
personas puedan consultar sin atravesar recorridos innecesariamente complejos.
El cuarto aprendizaje es que la respuesta al vih
necesita redes.
Las personas que viven con VIH señalaron el valor de
las familias, las amistades, los pares y las organizaciones comunitarias.
También identificaron la escucha, el acompañamiento y la posibilidad de
compartir experiencias como elementos importantes para sostener los
tratamientos y atravesar las distintas etapas de la vida.
Ese dato tiene una dimensión sanitaria, pero también
social.
Una persona no vive su diagnóstico dentro de un
consultorio. Vive en una familia, tiene vínculos, trabaja, estudia, construye
proyectos, atraviesa dificultades económicas, puede experimentar violencia y
necesita cuidar también su salud mental.
Por eso, el acompañamiento no debería ser considerado
un complemento de la atención.
Es parte de la respuesta.
El quinto aprendizaje quizás sea el más importante: la
participación comunitaria produce conocimiento que puede mejorar las políticas públicas.
Los talleres no solamente permitieron identificar
problemas. También generaron propuestas: fortalecer la capacitación continua de
los equipos, mejorar la comunicación entre niveles de atención, desarrollar
acciones territoriales, generar espacios permanentes de articulación entre
gobiernos y organizaciones, incorporar a las comunidades en la toma de
decisiones y sostener mecanismos de monitoreo y evaluación.
La metodología participativa permitió además encontrar
diferencias entre provincias.
En Jujuy, por ejemplo, apareció con fuerza la
preocupación por la disminución de acciones de educación sexual integral y por
la necesidad de fortalecer el acompañamiento en situaciones de vulnerabilidad.
En Salta, la confidencialidad y el impacto de la situación económica ocuparon
un lugar central. En Tucumán, la necesidad de fortalecer las redes y la
articulación entre los distintos actores apareció con particular intensidad.
Esas diferencias son importantes porque muestran que territorializar
una política no significa aplicar la misma receta en todas partes.
Significa reconocer las particularidades de cada
comunidad y construir respuestas capaces de adaptarse a ellas.
El recorrido por Jujuy, Salta y Tucumán deja así una
conclusión que excede al proyecto.
La respuesta al vih necesita servicios de salud
fortalecidos, pero también comunidades con capacidad de participación. Necesita
medicamentos e insumos, pero también información. Necesita profesionales
capacitados, pero también espacios de escucha. Necesita políticas nacionales,
pero también capacidad territorial para implementarlas.
Y necesita algo que atraviesa todas esas dimensiones:
continuidad.
Porque muchas de las propuestas surgidas durante los
talleres —capacitación, consultorios de PrEP, equipos interdisciplinarios,
articulación comunitaria, salud mental, reducción del estigma y participación
en las decisiones— no pueden resolverse con una única actividad.
Requieren políticas sostenidas.
El territorio ya está produciendo las preguntas y
también está señalando caminos posibles.
Ahora el desafío es que esas voces no queden encerradas
en un informe.
Que se conviertan en decisiones, programas y
políticas públicas capaces de mejorar efectivamente la vida de las personas que
viven con vih.
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