El lenacapavir mostró en AIDS 2026 el potencial de transformar la prevención del vih con una aplicación cada seis meses. Pero mientras algunas regiones comienzan a incorporarlo, América Latina enfrenta una brecha de acceso atravesada por licencias, regulación, precios y decisiones comerciales. La pregunta ya no es solamente qué puede hacer la ciencia, sino quién podrá beneficiarse de ella.
Hay momentos en la historia del vih en los que una
innovación científica obliga a volver a formular las preguntas.
El lenacapavir es uno de ellos.
Una sola aplicación puede ofrecer seis meses de
protección frente al vih. Para una persona que no quiere o no puede tomar una
pastilla todos los días, que necesita mayor privacidad o que encuentra
dificultades para sostener una estrategia preventiva cotidiana, la posibilidad
puede cambiar radicalmente la manera de pensar el cuidado.
Durante AIDS 2026, realizada en Río de Janeiro en
julio, esa posibilidad dejó de ser solamente una promesa de laboratorio. La
conferencia mostró experiencias de implementación en distintos países y
permitió observar qué ocurre cuando una nueva herramienta empieza a encontrarse
con la vida real.
La cobertura de Corresponsales Clave puso el foco
justamente allí: la ciencia está avanzando, pero la distancia entre descubrir
una tecnología y garantizar que llegue a quienes la necesitan continúa siendo
enorme.
La pregunta que aparece entonces es inevitable:
¿de qué sirve una innovación extraordinaria si no
puede ser elegida por las personas que podrían beneficiarse de ella?
El lenacapavir no es una cura del vih. Es un
antirretroviral de acción prolongada que actualmente tiene aplicaciones tanto
en tratamiento como en prevención, y cuya utilización como PrEP semestral
representa uno de los avances más importantes de la respuesta preventiva.
En los primeros despliegues nacionales, la herramienta
comenzó a mostrar además algo que la investigación clínica ya había anticipado:
cuando las personas pueden elegir entre distintas modalidades de prevención,
muchas optan por aquella que mejor se adapta a sus vidas.
Corresponsales Clave informó desde AIDS 2026 que, entre
las personas a quienes se ofreció la posibilidad de elegir en los despliegues
africanos, el 98,5% optó por el lenacapavir semestral frente a la PrEP oral
diaria. Cerca de un tercio nunca había utilizado PrEP.
Ese dato es especialmente relevante.
Porque significa que el lenacapavir no solamente puede
reemplazar una estrategia existente. También puede permitir que algunas
personas comiencen a prevenir el vih cuando antes no encontraban una opción que
se adaptara a sus circunstancias.
Pero la innovación no llega sola.
Para que una persona pueda recibir lenacapavir se
necesita mucho más que fabricar el medicamento. Hace falta autorización
regulatoria, compra, distribución, servicios capaces de administrarlo,
profesionales capacitados, seguimiento y una estrategia de comunicación que
permita conocer la herramienta.
Y, sobre todo, hace falta que el precio permita
incorporarla a políticas públicas sostenibles.
Aquí aparece una de las grandes discusiones de AIDS
2026.
Gilead, fabricante del lenacapavir, estableció acuerdos
de licencia voluntaria con fabricantes de genéricos para un conjunto de 120
países, principalmente países de ingresos bajos y medios con alta incidencia y
recursos limitados. La estrategia contempla que los fabricantes puedan producir
versiones de menor costo para esos territorios.
El problema es que buena parte de América Latina no
está incluida en ese mecanismo.
Un análisis de Médicos Sin Fronteras señaló que países
de importancia regional, entre ellos Argentina y Brasil, quedaron fuera del
territorio de las licencias voluntarias. La organización advierte que las
restricciones geográficas pueden limitar la competencia y retrasar la
posibilidad de acceder a versiones genéricas asequibles.
No es un detalle administrativo.
La forma en que se diseñan las licencias puede
determinar durante años quién tiene acceso a un medicamento y quién debe
esperar.
Y América Latina conoce demasiado bien esa historia.
La región posee sistemas científicos y sanitarios
capaces de implementar nuevas tecnologías. Tiene comunidades organizadas,
profesionales especializados y una larga experiencia en políticas públicas
frente al vih. También participó activamente en la investigación que permitió
demostrar la eficacia del lenacapavir como PrEP.
El estudio PURPOSE 2, por ejemplo, incluyó
participantes de Argentina, Brasil, México y Perú, además de otros países.
Eso vuelve todavía más incómoda la pregunta por el
acceso.
Las comunidades latinoamericanas participaron de la
producción de la evidencia que permite afirmar que esta tecnología funciona.
Sin embargo, participar de la investigación no garantiza automáticamente
participar de los beneficios de la innovación.
La propia estrategia de acceso de Gilead reconoce esta
situación. La compañía informa que trabaja con países latinoamericanos de
ingresos medios fuera de la región cubierta por las licencias y que está
explorando mecanismos como precios diferenciados y acuerdos con gobiernos.
También señala que Brasil obtuvo aprobación regulatoria para PrEP en enero de
2026 y que las presentaciones para Argentina y México estaban en preparación.
Es decir: la historia no está cerrada.
Pero precisamente por eso la discusión debe darse
ahora.
Porque el acceso no debería convertirse en el último
capítulo de una innovación. Debería formar parte de su diseño desde el
comienzo.
Corresponsales Clave lo planteó con claridad después de
AIDS 2026: las primeras entregas son importantes, pero no constituyen por sí
mismas una política regional. La cobertura inicial en América Latina y el
Caribe contempla a Honduras, República Dominicana y Haití, mientras buena parte
de la región continúa esperando decisiones regulatorias, mecanismos de
adquisición y condiciones de acceso.
Tres países no constituyen una región.
Y unas primeras dosis tampoco constituyen una política
pública.
Esto no significa desconocer los avances que ya
existen. Significa exigir que el éxito científico tenga una segunda etapa: la
democratización de sus beneficios.
Porque también existe una dimensión de libertad en la
prevención.
La prevención combinada parte de una idea sencilla pero
poderosa: las personas no son iguales, sus vidas no son iguales y, por lo
tanto, tampoco deberían estar obligadas a utilizar una única herramienta para
cuidarse.
Hay quienes prefieren una pastilla diaria. Hay quienes
necesitan una alternativa de larga duración. Hay quienes pueden acceder
fácilmente a un centro de salud y quienes recorren kilómetros para hacerlo. Hay
quienes pueden hablar de PrEP con su pareja y quienes necesitan preservar su
privacidad.
Ofrecer opciones también es una forma de reconocer la
autonomía.
Por eso, el acceso al lenacapavir no debería plantearse
como una disputa entre tecnologías. La PrEP oral continúa siendo fundamental.
Las nuevas alternativas deben ampliar el menú preventivo, no reemplazar las
herramientas que ya funcionan.
El desafío es que ese menú no esté disponible solamente
para quienes viven en los países con mayor capacidad de compra.
La historia del vih demuestra que la desigualdad
también puede convertirse en una barrera sanitaria. El estigma, la pobreza, la
discriminación, la distancia geográfica y las dificultades de acceso a los
servicios pueden determinar si una herramienta preventiva termina siendo
utilizada o permanece fuera del alcance.
La innovación científica puede reducir una barrera.
Pero las políticas públicas tienen que evitar que cree
otra.
Por eso, hablar hoy de lenacapavir es hablar de
ciencia, pero también de derechos.
Es hablar de propiedad intelectual, de precios, de
producción, de regulación y de compras públicas. Es hablar de cooperación
internacional, pero también de la capacidad de los Estados latinoamericanos
para negociar condiciones que permitan garantizar nuevas herramientas.
Y es hablar de las comunidades.
Porque las personas que viven con vih y quienes forman
parte de las comunidades afectadas por la epidemia no pueden ser solamente
receptoras de las decisiones tomadas por gobiernos, empresas y organismos
internacionales. Tienen que participar en las discusiones sobre qué tecnologías
se incorporan, cómo se implementan y cuáles son las barreras que deben
eliminarse.
AIDS 2026 dejó una certeza científica y una advertencia
política.
La certeza es que hoy contamos con herramientas capaces
de transformar la prevención del vih.
La advertencia es que todavía no conseguimos que esas
herramientas estén disponibles para todas las personas que podrían
necesitarlas.
El próximo desafío no es descubrir si la ciencia puede
hacer más.
La ciencia ya demostró que puede.
El desafío es conseguir que la innovación deje de ser
un privilegio determinado por el lugar donde una persona nació o por la
capacidad de pago de un sistema de salud.
Porque una innovación no alcanza con que exista.
Tiene que poder convertirse en una opción real para
las personas.
Y ahí comienza la verdadera discusión sobre justicia
sanitaria: no en quién inventa la próxima herramienta, sino en quién podrá usarla.
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