La experiencia de Acción en VIH en Corrientes mostró una respuesta sanitaria con capacidades instaladas y una fuerte articulación entre organismos públicos, universidad y organizaciones comunitarias. Pero también permitió identificar obstáculos cotidianos —confidencialidad, turnos, circuitos administrativos y acceso a la prevención— que pueden determinar si una prestación disponible se transforma realmente en un derecho accesible.
Hay una diferencia que puede parecer pequeña, pero que
cambia por completo la manera de pensar una política pública: que una
prestación exista no significa necesariamente que una persona pueda acceder a
ella.
Esa diferencia apareció con claridad en Corrientes
durante el componente NEA de Acción en VIH: Mejorando la calidad de vida de
las personas con VIH. Entre el 1 y el 9 de junio, la estrategia recorrió
Corrientes Capital y Goya como parte de un proceso que también incluyó
actividades en Resistencia y Posadas. En total, las diez actividades
presenciales del NEA registraron 664 asistencias correspondientes a 619
personas únicas.
Pero detrás de esos números hubo algo más importante:
la posibilidad de poner en una misma conversación a equipos de salud,
organismos públicos, universidades, organizaciones comunitarias y personas que
viven con VIH para mirar cómo funciona la respuesta sanitaria en la vida
cotidiana.
Corrientes fue uno de los territorios donde esa
articulación mostró mayor desarrollo. La experiencia previa entre la Dirección
General de Epidemiología, el Programa Provincial de VIH, el Laboratorio
Central, la Dirección de Diversidad y organizaciones comunitarias permitió
combinar capacitación, identificación de barreras y acompañamiento. En la
capital provincial se registraron 144 asistencias y en Goya otras 269.
La capacitación no se limitó a actualizar conocimientos
clínicos. Los equipos trabajaron sobre prevención combinada, diagnóstico,
tratamiento, PrEP y PEP, pero también sobre derechos, confidencialidad,
barreras de acceso, impacto psicoemocional, adherencia y experiencia de las
personas que viven con VIH.
Ese cruce fue fundamental porque muchas de las
dificultades que aparecieron no estaban relacionadas con la inexistencia de una
herramienta sanitaria, sino con la manera en que esa herramienta llega —o no
llega— a las personas.
Uno de los ejemplos señalados en Corrientes fue el
espacio destinado al retiro de medicación. La existencia de una ventanilla
ubicada en un corredor podía convertirse en una barrera para la privacidad.
También aparecieron demoras para obtener turnos y realizar estudios, circuitos
administrativos complejos y una promoción del testeo que no siempre se sostenía
en el territorio.
Son situaciones que pueden parecer menores desde la
lógica administrativa. Para una persona que vive con VIH, sin embargo, pueden
tener consecuencias concretas sobre su vínculo con el sistema de salud.
La confidencialidad, por ejemplo, no depende solamente
de que un profesional conozca y respete el secreto médico. También se construye
en la arquitectura de un servicio, en cómo se llaman las personas, dónde
esperan, qué aparece en un registro, quién puede escuchar una conversación y
qué información circula entre distintas áreas.
Por eso, uno de los aprendizajes del componente NEA fue
que proteger la confidencialidad requiere revisar simultáneamente la
infraestructura, los procedimientos administrativos, los sistemas de registro y
las formas de comunicación con las personas usuarias.
La misma lógica aparece cuando se habla de prevención.
PrEP, PEP, testeo oportuno y otras herramientas de
prevención combinada pueden estar contempladas dentro de las políticas
sanitarias. Pero para que formen parte de la vida de las personas tienen que
existir circuitos claros, equipos capacitados, información accesible y
posibilidades concretas de utilizarlas.
En Corrientes, justamente, se identificó como prioridad
continuar fortaleciendo la descentralización del testeo, el acceso a PEP y la
implementación de PrEP.
La experiencia también mostró por qué la participación
de las personas que viven con VIH no puede ser considerada solamente una
instancia de consulta.
Durante las actividades, sus experiencias permitieron
poner sobre la mesa situaciones que difícilmente aparecen en una planilla
administrativa: el temor a que se conozca un diagnóstico, las dificultades para
atravesar determinados circuitos, la experiencia de atención y los efectos que
tienen las prácticas institucionales sobre la continuidad de los cuidados.
El informe del componente señala que incorporar esta
perspectiva permitió comprender cómo el estigma, el miedo al juicio, la falta
de información, la exposición de la confidencialidad y determinados estilos de
atención pueden afectar la permanencia en el sistema de salud.
Ese conocimiento también modifica la conversación sobre
adherencia.
Sostener un tratamiento no depende únicamente de la
voluntad individual. Hay condiciones institucionales, emocionales, sociales y
comunitarias que pueden facilitar o dificultar la continuidad. Cuando conseguir
un turno implica múltiples pasos, cuando una persona teme ser reconocida al
retirar su medicación o cuando la comunicación con un servicio resulta poco
clara, el problema deja de ser exclusivamente individual.
La respuesta necesita entonces mirar también aquello
que sucede alrededor de la consulta.
Y allí aparece una de las experiencias que pueden tener
mayor continuidad después del recorrido territorial: los grupos de pares.
En Corrientes Capital comenzaron a consolidarse
encuentros presenciales quincenales en el Laboratorio Central, de dos horas de
duración, orientados al acompañamiento entre pares, el fortalecimiento de la
adherencia, el conocimiento de derechos, el empoderamiento comunitario y la
vinculación con los servicios de salud.
La propuesta no busca sustituir al sistema sanitario.
Al contrario: el informe destaca que los grupos de pares son una estrategia
complementaria que puede aportar escucha, orientación, acompañamiento,
promoción de derechos y revinculación con los servicios, sin reemplazar las responsabilidades
del Estado ni de los equipos de salud.
Esa distinción es importante.
El acompañamiento comunitario no debería utilizarse
para compensar aquello que el sistema público no garantiza. Su valor está en
sumar otra dimensión a la respuesta: la posibilidad de conversar con alguien
que conoce experiencias similares, compartir información, formular preguntas,
comprender derechos y encontrar herramientas para transitar situaciones que
muchas veces resultan difíciles de explicar dentro de una consulta.
La experiencia de Corrientes también dejó una agenda
más amplia. El desafío no pasa solamente por capacitar profesionales una vez,
sino por sostener la actualización, mejorar los circuitos de atención,
fortalecer la atención primaria, revisar los mecanismos de confidencialidad y
establecer formas de articulación que no dependan exclusivamente de las
personas que ocupan determinados cargos.
Ese último punto es especialmente relevante para
cualquier política pública que aspire a durar.
Una articulación puede comenzar gracias al compromiso
de determinadas personas, pero para convertirse en política necesita mecanismos
que permitan sostenerla cuando cambian los funcionarios, los equipos o las
estructuras de gestión. El informe identifica precisamente la necesidad de
avanzar hacia acuerdos formales y vínculos institucionales sostenidos.
Corrientes deja así una enseñanza que excede a la
propia provincia.
La respuesta al vih necesita ciencia y medicamentos,
pero también necesita organización. Necesita profesionales capacitados, pero
también necesita escuchar a quienes utilizan los servicios. Necesita
prevención, pero también circuitos que permitan acceder a ella. Necesita
tratamiento, pero también condiciones que hagan posible sostenerlo.
Y necesita comunidad.
Porque cuando los equipos de salud, las instituciones y
las personas que viven con VIH pueden mirar juntos las mismas barreras, algunas
cuestiones que parecían problemas individuales empiezan a aparecer como lo que
realmente son: problemas de la respuesta pública que pueden ser
identificados, discutidos y transformados.
En Corrientes, el recorrido territorial no terminó con
una jornada de capacitación. Dejó una agenda de trabajo, abrió espacios de
acompañamiento y conectó la experiencia presencial con la formación virtual. En
el conjunto del NEA, 102 personas que habían participado de las actividades
presenciales continuaron luego en el curso virtual, mientras que la
convocatoria regional llevó las inscripciones del componente a 582 participantes.
El desafío ahora es que ese conocimiento siga
circulando.
Porque una respuesta al vih verdaderamente accesible no
se mide solamente por cuántas prestaciones están disponibles. También se mide
por algo mucho más cotidiano: si una persona puede llegar a ellas,
utilizarlas con privacidad, recibir información clara, ser tratada con dignidad
y encontrar acompañamiento cuando lo necesita.
Y esa es, quizás, una de las preguntas que el
territorio empieza a devolverle a la política pública: no solamente qué tenemos
para ofrecer, sino qué tenemos que cambiar para que ese derecho pueda ser
ejercido.
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