El XXIII Simposio Científico Regional de Fundación Huésped reunió en Buenos Aires a más de 1.200 participantes, con especialistas, investigadores, referentes comunitarios y representantes de distintos países. Más que una puesta al día científica, el encuentro volvió a plantear una pregunta central para la respuesta al vih: cómo conseguir que los avances del conocimiento se traduzcan en mejores decisiones, servicios más accesibles y vidas más dignas.
Hay encuentros
que sirven para escuchar exposiciones. Y hay otros que tienen un valor
diferente: permiten que las preguntas cambien de lugar.
El XXIII
Simposio Científico Regional de Fundación Huésped, realizado del 26 al 28 de
agosto en Buenos Aires, reunió a más de 1.200 participantes de América Latina,
83 oradores y moderadores de 12 países y más de 90 presentaciones. La agenda
incluyó los 30 años de la terapia antirretroviral de alta eficacia, nuevas
herramientas de prevención, vacunas, inteligencia artificial, salud global en
contextos de crisis y atención integral de las personas trans.
Pero mirar el
encuentro solamente como una acumulación de novedades científicas sería perder
una parte importante de lo que allí ocurrió.
Porque una de
las preguntas centrales de la respuesta al vih ya no es solamente qué puede
hacer la ciencia, sino qué sucede cuando ese conocimiento entra en contacto con
la vida cotidiana.
Una nueva
herramienta de prevención puede existir y, sin embargo, no ser conocida por
quienes podrían utilizarla. Un tratamiento puede ser altamente eficaz y
encontrarse con circuitos administrativos que dificultan la continuidad. Una
innovación tecnológica puede prometer nuevas formas de acceso a la información
y, al mismo tiempo, reproducir desigualdades si no se consideran las
condiciones concretas de quienes la utilizan.
La distancia
entre descubrimiento y derecho sigue siendo uno de los grandes desafíos.
Por eso resulta
significativo que un encuentro científico incorpore, junto a las
investigaciones y las novedades clínicas, las preguntas provenientes de las
comunidades. La propia Fundación Huésped describió el Simposio como un espacio
de encuentro entre ciencia, práctica clínica y necesidades comunitarias.
Esa
articulación también permite leer el recorrido que Acción en VIH viene
realizando durante estos meses.
En Jujuy, Salta
y Tucumán aparecieron preguntas vinculadas con los servicios, la prevención, la
información y las redes territoriales. En Corrientes, Chaco y Misiones, el
trabajo comunitario permitió identificar barreras que no siempre aparecen en
los registros administrativos: problemas de confidencialidad, dificultades para
acceder a PrEP y PEP, circuitos institucionales que necesitan revisión y la
necesidad de fortalecer el acompañamiento después del diagnóstico.
El territorio,
entonces, no es solamente el lugar donde una política pública se implementa.
También es un espacio de producción de conocimiento.
Y allí aparece
una conversación necesaria con la academia.
La
investigación puede medir eficacia, comparar intervenciones, identificar
tendencias y producir evidencia. Pero las comunidades pueden señalar aquello
que una estadística difícilmente registra por sí sola: qué significa esperar,
qué significa ser reconocido por el nombre correcto, qué sucede cuando una
persona teme ser vista entrando a un servicio, qué obstáculos aparecen después
de recibir un diagnóstico o qué hace que alguien decida volver —o no volver— a
una consulta.
Ambas formas de
conocimiento son necesarias.
El Simposio
volvió a poner sobre la mesa, además, la dimensión histórica de esa transformación.
Tres décadas después de la expansión de los tratamientos antirretrovirales
eficaces, el vih puede abordarse desde una perspectiva radicalmente diferente
de la que existía en los primeros años de la epidemia. La ciencia permitió
convertir una infección que durante mucho tiempo estuvo asociada a una
expectativa de vida limitada en una condición que puede ser tratada y
acompañada durante décadas.
Pero ese avance
científico también modifica las preguntas.
Si el
tratamiento funciona, ¿qué condiciones necesitamos para que todas las personas
puedan sostenerlo?
Si existen
nuevas herramientas de prevención, ¿cómo hacemos para que la información y el
acceso no queden concentrados en determinados sectores?
Si conocemos el
impacto del estigma sobre la vida cotidiana, ¿cómo transformamos esa evidencia
en instituciones capaces de cuidar mejor?
Si disponemos
de tecnologías cada vez más sofisticadas, ¿cómo conseguimos que no profundicen
las desigualdades que ya existen?
La innovación,
en ese sentido, no debería medirse únicamente por lo novedoso de una
herramienta.
También puede
medirse por su capacidad para ampliar autonomía.
En el Simposio,
la prevención ocupó un lugar importante. Las nuevas tecnologías abren posibilidades
que hace algunos años parecían difíciles de imaginar, pero cada innovación trae
consigo dilemas de acceso, implementación, información y equidad. La cobertura
del encuentro realizada por Corresponsales Clave puso justamente el foco en esa
tensión entre nuevas herramientas y los desafíos que aparecen cuando deben
convertirse en opciones reales para las personas.
Algo similar
ocurre con la inteligencia artificial.
La
incorporación de IA a la salud puede transformar la manera en que se aprende,
se busca información y se toman decisiones. Pero la tecnología no elimina
automáticamente los problemas sociales: puede reproducir sesgos, dejar afuera a
quienes tienen menor acceso digital o convertir información compleja en
respuestas aparentemente sencillas que no contemplan la experiencia de las
personas.
Por eso también
hace falta una ciudadanía capaz de preguntar.
Y allí la
educación ocupa un lugar estratégico.
No alcanza con
producir conocimiento. Hay que encontrar formas de hacerlo circular,
discutirlo, apropiarlo y convertirlo en capacidad de decisión. Esa es una de
las razones por las que la respuesta al vih necesita conversar cada vez más con
las universidades, las escuelas, las organizaciones comunitarias y los espacios
culturales.
También con el
arte.
El artivismo
puede ocupar allí un lugar que no es ornamental ni accesorio. Puede hacer
visible aquello que las estadísticas vuelven abstracto, generar conversaciones
donde antes había silencio, disputar representaciones estigmatizantes y
construir otros relatos sobre vivir con vih.
La ciencia
produce evidencia.
El territorio produce preguntas.
La comunidad produce experiencia.
El arte puede ayudar a transformar esas experiencias y evidencias en sentidos
compartidos.
Y la política
pública tiene la responsabilidad de conseguir que esa conversación no quede
encerrada en un auditorio.
Ese es quizás
uno de los aprendizajes más importantes que deja el encuentro: el conocimiento
tiene que poder viajar.
Viajar desde el
laboratorio hasta el consultorio. Desde el consultorio hasta el barrio. Desde
la universidad hasta una escuela. Desde una organización comunitaria hasta una
mesa donde se toman decisiones. Y también desde las experiencias de las
personas hacia los lugares donde se diseñan las políticas.
El valor de
encontrarnos, como señaló la cobertura de Corresponsales Clave, no está
solamente en la cantidad de participantes, sesiones o presentaciones. Está en
aquello que puede suceder cuando la ciencia, la experiencia y las preguntas se
encuentran y dejan de ocupar compartimentos separados.
Después de
varios meses de recorrer territorios, escuchar comunidades y mirar de cerca
cómo funcionan —y dónde se traban— las respuestas al vih, el Simposio ofrece
otro escenario para continuar la conversación.
El desafío
ahora es que esas conversaciones no terminen cuando se desmonta el escenario.
Porque una
política pública aprende cuando escucha.
Una comunidad se fortalece cuando puede participar.
La ciencia adquiere sentido cuando mejora la vida.
Y la innovación se convierte en derecho cuando consigue llegar a las personas.
El encuentro
termina. Las preguntas quedan.
Y quizá ahí
empiece la parte más importante del trabajo.
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