Las XIII Jornadas de Intercambio de Experiencias en Promoción y Educación para la Salud de Jujuy pusieron en diálogo la educación, la salud comunitaria, la ESI, la perspectiva de género y diversidad y las experiencias territoriales. A 40 años de la Carta de Ottawa, el encuentro permite volver sobre una pregunta central para la respuesta al vih: ¿qué condiciones necesitan las personas para poder decidir sobre su salud, sus vínculos y sus cuerpos?
Hay una idea
que atraviesa buena parte de las discusiones actuales sobre salud: prevenir no
significa solamente evitar una enfermedad. También significa construir
condiciones para que las personas puedan tomar decisiones informadas, ejercer
derechos y participar de manera activa en aquello que afecta sus vidas.
Esa discusión
estuvo presente en Jujuy durante las XIII Jornadas de Intercambio de
Experiencias en Promoción y Educación para la Salud, realizadas entre el 20 y
el 22 de agosto, en el marco de la Semana Provincial de la Educación para la
Salud y junto con la Universidad Nacional de Jujuy (UNJu).
El lema elegido
para esta edición —“40 años de Ottawa: educar para decidir, promover para
transformar”— recuperó cuatro décadas de una discusión que sigue vigente: la salud
no se produce exclusivamente dentro de los servicios sanitarios.
La Carta de
Ottawa marcó un cambio de mirada al colocar en el centro la capacidad de las
personas y las comunidades para participar en la construcción de condiciones
saludables. Cuarenta años después, esa perspectiva permite hacerse una pregunta
especialmente relevante para la respuesta al vih: ¿qué significa promover la
salud cuando las decisiones sobre prevención también están atravesadas por
educación, género, vínculos, cultura, desigualdades y estigma?
Las jornadas
reunieron experiencias de Argentina y de otros países de la región, con
participación de Ecuador, México, Chile y Panamá, y combinaron instancias
presenciales y virtuales. La agenda incluyó salud mental y comunitaria, Educación
Sexual Integral, género y diversidad, alimentación saludable y soberanía
alimentaria.
Más que una
suma de temas, esa diversidad permite observar algo importante: las políticas
de salud funcionan dentro de una trama social mucho más amplia que el sistema
sanitario.
Una persona no
llega a una consulta como una hoja en blanco.
Llega con lo
que aprendió —o no pudo aprender— sobre sexualidad. Con sus experiencias
familiares y afectivas. Con sus posibilidades económicas. Con sus prejuicios y
los prejuicios que recibió. Con la información que encontró en internet. Con
sus dudas. Con sus miedos. Con la confianza o desconfianza que le genera una
institución.
Y también llega
con una historia.
Por eso la
Educación Sexual Integral puede ser pensada como una herramienta que excede
ampliamente la transmisión de información sobre métodos anticonceptivos o
infecciones de transmisión sexual. Cuando trabaja sobre autonomía,
consentimiento, diversidad, vínculos, derechos y reconocimiento de las propias
decisiones, contribuye a construir capacidades que también son fundamentales
para la prevención combinada del vih.
La prevención
empieza mucho antes de una receta.
Empieza cuando
una persona puede hacer una pregunta sin sentir vergüenza. Cuando puede
reconocer una situación de violencia. Cuando conoce las herramientas
disponibles para cuidar su salud sexual. Cuando sabe que puede acceder a un
servicio sin ser discriminada. Cuando comprende que una decisión sobre su
cuerpo le pertenece.
Ahí es donde lo
académico y lo territorial necesitan encontrarse.
La universidad
aporta conocimiento, investigación y herramientas para analizar problemas
complejos. Pero el territorio obliga a poner esas herramientas a prueba: ¿qué
ocurre realmente en una escuela?, ¿qué preguntas aparecen entre adolescentes?,
¿qué información circula?, ¿qué barreras tienen las personas para acceder a los
servicios?, ¿qué prejuicios siguen operando?, ¿qué discursos generan confianza
y cuáles producen distancia?
La experiencia
territorial también devuelve preguntas a la academia.
No todo lo
importante puede medirse solamente con indicadores sanitarios. Hay aprendizajes
que aparecen cuando se escucha a quienes participan de una comunidad, a quienes
enseñan, a quienes acompañan y a quienes viven cotidianamente las consecuencias
de una política pública.
En ese
intercambio aparece también el arte.
Pensar la
promoción de la salud desde una perspectiva artivística implica reconocer que
las personas no construyen sentidos únicamente a través de información técnica.
También lo hacen mediante imágenes, relatos, música, cuerpos, símbolos,
performances y experiencias compartidas.
El arte puede
abrir una conversación que una campaña tradicional no consigue abrir.
Puede hacer visible
una experiencia que permanecía silenciada. Puede disputar una representación
estigmatizante. Puede transformar un concepto abstracto —como derechos,
prevención o diversidad— en una experiencia que se pueda mirar, sentir y
discutir.
Eso resulta
particularmente importante cuando hablamos de vih.
Durante
décadas, buena parte de los imaginarios sociales alrededor del vih fueron
construidos desde el miedo. La respuesta contemporánea necesita disputar esos
relatos no solamente con evidencia científica, sino también con nuevas formas
de representación.
Por eso el
artivismo puede ser entendido como parte de una política cultural de
prevención.
No reemplaza a
la ciencia. No reemplaza a la escuela. No reemplaza al sistema de salud. Los
pone a conversar.
Una investigación
puede mostrar que el estigma constituye una barrera para el acceso. Una
comunidad puede explicar cómo se experimenta esa barrera. Una institución
educativa puede trabajar sobre los conocimientos y prejuicios que la
reproducen. Y una intervención artística puede ayudar a poner esa experiencia
en circulación de otra manera.
Cuando esas
dimensiones se encuentran, la prevención deja de ser únicamente una
recomendación individual y empieza a convertirse en una construcción colectiva.
Esto también
modifica la manera de pensar la educación.
Educar para la
salud no debería consistir solamente en decirle a una persona qué tiene que
hacer. Debería permitirle comprender sus opciones, reconocer sus derechos,
formular preguntas y decidir.
Y promover
salud no debería limitarse a transmitir mensajes. También implica transformar
los entornos que dificultan esas decisiones.
El recorrido de
Acción en VIH durante estos meses permite ver esa relación desde
distintos lugares. En las provincias del norte y del NEA aparecieron barreras
vinculadas con el acceso a la prevención, la confidencialidad, la atención
primaria, los circuitos institucionales y el acompañamiento. En el debate
científico aparecieron nuevas herramientas y nuevas posibilidades. En Jujuy, la
promoción y la educación permiten mirar otra parte del mismo problema: las
condiciones culturales y educativas que hacen posible que esas herramientas
sean conocidas, comprendidas y apropiadas.
Porque una
política de prevención puede ser técnicamente excelente y, aun así, fracasar si
las personas no saben que existe, no confían en quien debe implementarla o
sienten que acercarse a un servicio puede exponerlas al estigma.
La innovación,
entonces, no es solamente desarrollar nuevas tecnologías.
También es
encontrar nuevas maneras de construir autonomía.
Las XIII
Jornadas de Jujuy dejaron, en ese sentido, una conversación que excede los tres
días del encuentro. La promoción de la salud puede ser un puente entre la
producción académica y las necesidades territoriales; la educación puede
convertirse en una herramienta de autonomía; y el arte puede contribuir a
transformar los sentidos sociales que condicionan las decisiones.
A cuarenta años
de Ottawa, quizás el desafío siga siendo tan sencillo —y tan profundo— como el
lema elegido en Jujuy: educar para decidir y promover para transformar.
En la respuesta
al vih, eso significa dejar de pensar la prevención como un mensaje que llega
desde una institución hacia una persona.
Significa
construirla con las personas.
En las
universidades, en las escuelas, en los servicios de salud, en las
organizaciones comunitarias, en los espacios culturales y en cada territorio
donde alguien necesita información para decidir, acompañamiento para sostener
una decisión y condiciones para ejercer sus derechos.
Porque la salud
no ocurre solamente cuando entramos a un consultorio.
También ocurre
cuando podemos preguntar.
Cuando podemos
aprender.
Cuando podemos
crear.
Cuando podemos
decidir.
Y cuando una
comunidad encuentra las herramientas para transformar aquello que alguna vez
parecía inevitable.
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